Cuba. ¿Quién mató a Camilo Cienfuegos?
Por Ernesto Limia
Camilo Cienfuegos practicó la lealtad como un valor sagrado: a su familia y sus amigos; a Fidel y a sus compañeros; a nuestro pueblo y su historia. El avión en que viajaba de regreso a La Habana, desapareció luego haber cumplido una misión en la que desenmascaró a traidores a la revolución cubana en la provincia de Camagüey.
Por siete décadas la maquinaria propagandística de Miami ha trabajado para sembrar la matriz de opinión de que fue Fidel Castro quien encargó el asesinato del comandante Camilo Cienfuegos, a quien intentan presentar con ideas anticomunistas y alejado del ideario antimperialista del núcleo radical de la Revolución. En Cuba se prefirió ignorar estas campañas por lo grotesco de la calumnia: parodiando a Cristo, la generación que nos trajo hasta aquí sabe que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, a que Fidel cometiese una canallada. Pero el tiempo pasó y —ya sea por la amnesia inducida o por las falencias del sistema de enseñanza— las lagunas entre las nuevas generaciones sobre su propia historia amenazan con horadar los cimientos de la Revolución.
Planteemos entonces la pregunta: ¿tenía razones Fidel para temer su traición?
Camilo nació el 6 de febrero de 1932. Su papá fue un republicano español que admiró a Lenin y lo educó en el sentido del honor y la justicia. Muy niño aportó los centavos destinados a su merienda escolar a las colectas para la Guerra Civil Española. Creció con Ignacio Agramonte, Antonio Maceo y José Martí como arquetipos, y tenía solo ocho años cuando memorizó “Mi bandera”, el poema escrito por Bonifacio Byrne al arribar en 1899 a La Habana y avistar en el mástil del Morro el pabellón estadounidense junto a nuestra enseña nacional:
“Aunque lánguida y triste tremola, / mi ambición es que el Sol con su lumbre, / la ilumine a ella sola, —¡a ella sola!— / ¡en el llano, en el mar y en la cumbre! // Si deshecha en menudos pedazos / llega a ser mi bandera algún día… / ¡nuestros muertos alzando los brazos / la sabrán defender todavía!”.
A sus 16 años se sumó a la manifestación de duelo popular por el asesinato del comunista Jesús Menéndez, senador de la República y adalid del sindicato azucarero. También estuvo entre quienes acudieron a la Universidad de La Habana en busca de armas para enfrentar el golpe de Batista, y el 13 de febrero de 1953 se vio entre quienes acompañaron a la necrópolis de Colón los restos de Rubén Batista, estudiante baleado cuando la tiranía reprimió la protesta contra la profanación del monumento al también líder comunista Julio Antonio Mella.
Como hacían miles de jóvenes cubanos, el 1ro de abril de 1953 viajó a Estados Unidos en busca de trabajo. Solo consiguió una visa de turismo por 29 días y se estableció en Nueva York, donde creyó más fácil burlar a inmigración. Allí publicó un breve artículo en el periódico de los exiliados: “Identificación moral”, en el que, más allá de los epítetos contra Batista (lo tildó de “cobarde, ladrón y asesino”), llamó al combate contra “la raíz corrompida” de la nación (Cienfuegos, 2018: 15-16).
Estaba de visita en la casa de un amigo el 26 de julio de 1953, cuando con Fidel como jefe un grupo de jóvenes asaltó los cuarteles Moncada (Santiago de Cuba) y Carlos Manuel de Céspedes (Bayamo); de repente, escucharon en la radio que se peleaba en la Isla. Se obsesionó con la idea de regresar y corrió a buscar el medio; pero el 27 los periódicos informaron que el intento insurreccional había fracasado. No sabía aún que uno de los asaltantes que cayó prisionero y fue ultimado era un amigo del barrio. “…para ellos, por esa inmolación en holocausto a nuestra sufrida tierra, mi mayor admiración y respeto”, escribiría (Cienfuegos, 2019: 87).
Huyendo de las autoridades migratorias se mudó a San Francisco, California, donde trabajó de camarero; luego consiguió un puesto como pintor de estructuras de ventanas y puertas de hierro. A su vez, debió emplearse en las noches como mozo de limpieza para comprarse ropa y ayudar a su familia. Un año más tarde fue detenido y deportado a la Isla, a donde llegó el 5 de junio de 1955, cuando ya los moncadistas estaban en la calle gracias a la presión popular.
Al leer La historia me absolverá escribió a un amigo: “Fidel es la esperanza de libertad para el pueblo cubano” (Cienfuegos, 2019: 81), y ya no halló sosiego hasta incorporarse a la expedición del yate Granma —el último en hacerlo.
Ya entonces se había desarrollado en él una conciencia internacionalista —típico del pensamiento revolucionario en Cuba, donde tantos combatientes extranjeros participaron en las gestas de independencia—, que definió en una frase en carta a un amigo el 1º de octubre de 1956: “…esos que luchan, no importa dónde, son nuestros hermanos espirituales” (Cienfuegos, 2019: 99-100).
Una vez en la Sierra Maestra, jornada a jornada talló su nombre en la guerrilla. Era el primero en ofrecerse para las misiones peligrosas y en la etapa en que no llegaban al centenar y la aviación les chocaba los talones, con grandes zancadas y atrapando con sus largos brazos los troncos más cercanos para ayudarse, se movía de un extremo a otro de la columna para animar a cada combatiente con su inigualable sonrisa y una frase de aliento. ¿Qué mágica fuerza lo movía cuando los demás apenas lograban andar? Su sentido del compañerismo…
En marzo de 1958 Fidel lo mandó al llano para hostigar al enemigo por la retaguardia, significaba perder el abrigo de la Sierra y no pocos lo creyeron suicida. Mostró que era posible y fue ascendido a comandante “Más fácil me será dejar de respirar que dejar de ser fiel a su confianza” (Cienfuegos, 2019: 115), escribió a Fidel al recibir la notificación de su ascenso. No eran palabras huecas. Practicó la lealtad como un valor sagrado: a su familia y sus amigos; a Fidel y a sus compañeros; a nuestro pueblo y su historia.
Ya en curso la ofensiva de verano de la tiranía, y bajo el acoso permanente de su fuerza aérea, el 13 de junio de 1958 viajó a Dos Ríos con cuatro hombres de su tropa. Pudo tomarse como una locura
—no más abandonar el sitio bombardearon el área—; pero no dudó ante la oportunidad de rendir tributo al Apóstol en el sitio donde cayó. “Aquí, teniendo de testigo la tierra que empapó con su cubanísima sangre, una vez más juramos continuar la lucha hasta ser libres o mártires, hasta morir o vencer”, refrendaron al pie del obelisco (Cienfuegos, 2019: 130).
Convencido de que en la Sierra se iba a librar una batalla de la mayor trascendencia —Batista concentró allí el grueso de sus fuerzas para dar un golpe decisivo—, 24 horas más tarde Fidel lo llamó de regreso. Tanta confianza le tuvo que cuando salió a dirigir la batalla de El Jigüe, lo dejó al frente de la Comandancia General y de la defensa del acceso al firme de la Maestra. Al hacer el balance en Radio Rebelde, Fidel lo destacó junto al Che como sus dos lugartenientes en los 75 días de operaciones. La victoria marcó el viraje de la guerra. Por la cantidad de armas arrebatadas al enemigo, el Ejército Rebelde quedó en condiciones de iniciar la invasión a Occidente. Che y Camilo reeditarían la hazaña de Gómez y Maceo.
Al triunfo Fidel lo nombró jefe de todas las fuerzas de tierra, mar y aire en La Habana, y del Estado Mayor del Ejército Rebelde. Pronto Estados Unidos empezó a mostrar sus garras: a partir del 14 de abril la CIA puso en práctica su plan: “Contención del comunismo”, para fortalecer las posiciones contrarrevolucionarias en el Gobierno y el Ejército Rebelde. Dos de sus más relevantes resultados ameritan detenernos: los comandantes Pedro Luis Díaz Lanz, jefe de la Fuerza Aérea Revolucionaria, y Huber Matos, jefe del Distrito Militar de Camagüey.
Díaz Lanz fue el piloto del C-46 que el 30 de marzo de 1958 trasladó a la Sierra Maestra armas donadas por el presidente de Costa Rica, José María Figueres, viejo agente de la CIA. Todo apunta a que ese verano Díaz Lanz fue reclutado por la CIA en Miami a través de Frank Sturgis, uno de los oficiales encubiertos que la agencia asignó contra el M-26-7, con quien trajo un alijo de armas desde la Florida en un avión que aterrizó en una pista rebelde el 14 de agosto. Al triunfo Díaz Lanz fue designado jefe de la Fuerza Aérea Revolucionaria. Más allá del nepotismo —cubrió la nómina de la oficialidad con sus parientes— y la corruptela —malversó fondos y cobró comisiones en la contratación de helicópteros—, introdujo un Caballo de Troya en el Ejército Rebelde: nombró a Frank Sturgis jefe de la policía militar de la Fuerza Aérea, designó a su padre director de la Escuela de Cadetes con doce antiguos oficiales del Ejército de Batista como profesores y llamó a servicio a 20 pilotos de la dictadura para operar los aviones de guerra.
Fidel lo sustituyó el 29 de junio de 1959 y se apareció en Ciudad Libertad para reasumir el mando con un discurso en el que habló de infiltración comunista —y ya esperaba AP para publicitar. Fidel lo mandó a buscar y le preguntó cuál era el juego. Díaz Lanz se volvió un manojo de nervios incapaz de acabar una frase y tras preguntar qué hacía, Fidel le indicó irse a la casa hasta que le asignaran un nuevo cargo. La CIA comprendió que su activo estaba achicharrado y Sturgis aplicó el plan de emergencia; el 10 de julio Díaz Lanz ya testificaba contra Cuba en el Senado.
Huber Matos fue un propietario de tierras en la región de Manzanillo que se exiló en Costa Rica y se incorporó a la lucha en el primer vuelo de Díaz Lanz a la Sierra. Tras la ofensiva de verano Fidel lo nombró jefe de la Columna 9 del III Frente Oriental, comandado por Juan Almeida Bosque. Al triunfo asumió la jefatura militar de Camagüey; pero no fue a la guerra por la revolución social, solo le interesaba conseguir el poder. Era una criatura que llegaba al éxtasis al ver su nombre o una foto suya en la portada de un periódico, y muy pronto la reacción lo descubrió: mientras el Diario de la Marina y Avance derrochaban ríos de tinta contra el Che, Raúl y Camilo, sus titulares lo resaltaban. Comenzó una labor de zapa y se convirtió en el baluarte de la oligarquía ganadera para eludir la Ley de Reforma Agraria. Tuvo Fidel que ir a enfrentar el boicot e intervenir los latifundios.
Matos comenzó a actuar a lo loco. Todas las semanas viajaba a La Habana para reunirse en Palacio con el presidente Manuel Urrutia, en franca violación de los canales de mando. A Camilo, su jefe, no iba siquiera a saludarlo. A otros dos frecuentó: al ministro de Obras Públicas, Manuel Ray (agente de la CIA); y a Díaz Lanz, con quien se reunió en vísperas de su fuga a Washington.
Fidel orientó darle cordel a Matos. Llegó lejos: el discurso de la penetración “comunista” centró sus encuentros con Urrutia y este lanzó una campaña en consonancia con la escalada yanqui. Fidel renunció como primer ministro y Cuba se lanzó a las calles. Tal expresión no le dejó otro camino al presidente que abandonar Palacio y lo relevó Osvaldo Dorticós. “Estamos llamando a los pueblos de América a que nos visiten. A los hermanos latinoamericanos, que vengan aquí, comprueben la gran verdad, no se hagan eco de las calumnias y las mentiras de la prensa extranjera, pagadas por los intereses poderosos que han afectado las medidas revolucionarias necesarias que se han hecho”, declaró Camilo en una entrevista el 19 de septiembre (Cienfuegos, 2018: 60).
Matos alucinó, al punto de orquestar una sedición que sobrepasó los límites de su jurisdicción militar; llegó a la estupidez de intentar atraer al comandante Almeida. El 19 de octubre Fidel inauguró la Convención de la Sociedad Americana de Agentes de Viaje. Era tradicional que los lugares visitados en sus reuniones se incrementara el turismo. Creyendo que Fidel cedería al chantaje para evitar un incidente, comenzó el último acto de su puesta en escena con la carta de renuncia.
Como parte del complot, Díaz Lanz sobrevolaría la ciudad de Camagüey en un bombardero B-25 (registrado a nombre de Sturgis, o sea, un avión de la CIA). Rudy Gómez, segundo jefe de la División del Hemisferio Occidental, en la Dirección de Planes de la CIA, viajó a La Habana para dirigir la operación desde la estación local.
El 21 de octubre Matos fue detenido y la CIA cambió el plan de vuelo: con Sturgis como copiloto, Díaz Lanz se dirigió hacia La Habana en compañía de un C-47. Sobrevolaron el hotel Habana Libre (sede del evento) y lanzaron panfletos e instantes después en otro punto de la capital arrojaron bombas y ametrallaron, con saldo de dos muertos y 47 heridos, entre ellos ancianos y niños. Era el tercer acto de ese tipo en octubre (el 9 de octubre fue bombardeado el central Niágara; el 19, el Punta Alegre). Díaz Lanz confesó más tarde que con la acción del 21 se propuso demostrar a las agencias turoperadoras que los gobernantes cubanos eran incapaces de preservar la ley y el orden. Cuba solicitó a Estados Unidos la extradición de Díaz Lanz; la Administración Eisenhower ni se inmutó.
Ese propio 21 de octubre Fidel y Camilo se personaron en Camagüey y neutralizaron la conjura. Camilo habló a la tropa:
“…hace meses sabíamos que había un compañero que no era fiel a la Revolución […] que no era fiel a la patria, que no era fiel al Ejército Rebelde. Ustedes oyeron esta tarde las palabras de Fidel Castro. Palabras puras y honradas que ningún cubano puede discutir. […]. Hay hombres que fueron valientes en la guerra y que hoy flaquean, y que hoy tienen miedo a los enemigos poderosos de nuestra patria. […]. Hasta dónde vamos se nos pregunta, y nosotros decimos que vamos con esta revolución hasta el final. Vamos a realizar una verdadera justicia social, vamos a sacar a los campesinos y obreros de la miseria en que los tienen sumidos los intereses que hoy mueven las cuerdas de la contrarrevolución.
[…]
Recuerdo los días en que éramos un grupo pequeño de hombres, enfrentándonos a la dictadura, a los aviones y a miles de soldados. En aquel entonces sabíamos que, con la voluntad firme, con la decisión, con la mirada puesta en la estrella solitaria de nuestra bandera, Cuba sería libre. Hoy viendo esta tropa de pie, apoyando al Gobierno Revolucionario, apoyando a Fidel Castro, líder único de esta Revolución, por su sacrificio, por su desinterés y por su amor único y exclusivo a la patria cubana, afirmamos que no pueden surgir traidores, que no pueden surgir mercenarios, porque junto a nosotros hay hombres dignos, que no se dejan llevar por mentiras ni propagandas […] que siguen con la mirada puesta en la bandera cubana el porvenir que está llamado a ocupar entre los primeros países, repito, esta tierra cubanísima (Cienfuegos, 2018: 61-66).
Al día siguiente Fidel denunció la complicidad yanqui y convocó a una manifestación para la tarde del 26 frente al Palacio Presidencial. Se congregaron más de un millón de personas. Antes de Fidel, hablaron Raúl, el Che, Almeida y Camilo. Todos coincidieron en advertir las amenazas que se cernían sobre Cuba y la voluntad de rechazarlas. El breve discurso de Camilo fue su última alocución a nuestro pueblo:
“¡Adelante Fidel, que el Ejército Rebelde está contigo! […]. Porque para detener esta Revolución cubanísima, tiene que morir un pueblo entero y si eso llegara a pasar, sean una realidad los versos de Bonifacio Byrne: “Si desecha en menudos pedazos / llega a ser mi bandera algún día / nuestros muertos alzando los brazos / la sabrán defender todavía.
[…]
“…que no piensen los enemigos de la Revolución que este pueblo se va a detener, que no piensen los que envían aviones que vamos a postrarnos de rodillas y que vamos a inclinar nuestras frentes. De rodillas nos pondremos una vez y una vez inclinaremos nuestras frentes y será el día que llegaremos a la tierra cubana que guarda veinte mil cubanos, para decirles: ¡Hermanos, la Revolución está hecha, vuestra sangre no salió en balde!” (Cienfuegos, 2018: 68-69).
Dos días más tarde, a las 6:01 a.m. deI 28 de octubre, después de un viaje a Camagüey como parte del trabajo de seguimiento a la crisis generada por Matos, Camilo abordó un avión bimotor marca CESSNA de 5 plazas de la Fuerza Aérea y partió rumbo a La Habana. Había un tiempo malo y disponía de combustible para tres horas, margen realmente escaso frente a la contingencia climatológica que se presentó: una tormenta eléctrica severa. Nunca llegaron.
La Fuerza Aérea elaboró un mapa para organizar la exploración con el archipiélago dividido en 25 zonas. Fidel, Raúl, el Che y Almeida dirigieron la búsqueda. El líder de la Revolución estuvo en todas las zonas, acompañado de Osmany Cienfuegos. Solo las brumas de la noche los hacían desistir para incorporarse al otro día.
Una sensación de angustia e incertidumbre se extendió a todo el país y, como parte de la guerra psicológica, una planta de la CIA que logró intervenir las comunicaciones de las patrullas de la Seguridad del Estado anunció su supuesta aparición el 5 de noviembre. Emisoras locales sin la debida confirmación lo difundieron y se despertó una emotiva demostración de júbilo nacional. Toda Cuba salió a las calles. Luego se supo que fue una burla de la CIA.
Tras una búsqueda por aire, mar y tierra que se extendió 15 días, el 12 de noviembre, Fidel compareció ante la televisión para informar al pueblo que ya se habían agotado las posibilidades. Una frase suya ese día quedó como máxima que atraviesa el presente: “Cada vez que el pueblo vea momentos difíciles, cada vez que los hombres jóvenes, los campesinos, los obreros, los estudiantes, cualquier ciudadano, crea un día que el camino es largo, que el camino es difícil, se acuerde de Camilo, se acuerde de lo que hizo él; se acuerde de cómo nunca, ante los momentos aquellos difíciles, perdió la fe” (Castro, 1959: 32).
Cada 28 de octubre prefiero recordarlo con un poema de Waldo Leyva:
“Compañeros, el recuerdo es la muerte / hay algo de cementerio en esas flores / demasiado silencio y poca luz. / Aquí no puede hablarse de Camilo / porque hay muchos asientos y faltan las ventanas. / En qué rincón podría sembrarse una semilla / qué guitarra puede sonar aquí / qué río subterráneo / puede romper las piedras de esta sala / qué caballo podría galopar entre estos muros.
“A la calle / a hablar desde los techos / desde cada balcón posible / a que hable todo el mundo / para que no se quede un niño sin tocarle la barba/ para que las mujeres tengan una preñez satisfactoria / para que siga cantando entre nosotros.
“¡A la calle! / ya pasaron los días en que nuestros ojos / fueron un punto más rompiendo el cielo / buscándole el sombrero en todas las partes.
“Entonces Camilo era un hueco en el pecho de la Isla / se le buscó en el mar / en la tierra / por los mismos senderos donde su huella estaba fresca todavía. / Y cuando las sirenas se volvieron locas anunciando su vuelta / quién de nosotros no salió a la calle / a buscarle entre la risa de la gente. / Los que no se conocían se abrazaban / la tierra se hizo poca para tanto fuego.
“Yo recuerdo a mi abuela frente a su altar llorando / besando las estampas / recogiendo todas las velas de la casa / porque Camilo había desaparecido en una cueva / la barba le llegaba a la cintura / y traía los pies rotos de caminar descalzo. / Yo recuerdo a los niños / desnudos bajo el aguacero / corriendo en sus enormes caballitos de palo / porque Camilo regresaba / después de haber vencido a más de mil / montado en un caballo más grande que ese tren. / Quisieron engañarnos / pero a la calle / que aún están sonando las sirenas”.
Bibliografía:
Castro Ruz, Fidel: “Comparecencia en el programa televisivo “Ante la prensa”, 12 de noviembre de 1959. Publicada en el periódico Revolución.
Cienfuegos, Camilo: Compilación. La Habana, Editorial Ocean Sur, 2018.
Fuente: Al Mayadeen
