Mariátegui y Rosa Luxemburgo: afinidades de un marxismo hereje

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Por Hernán Ouviña *

A cien años de Amauta, la revista con la que Mariátegui unió arte, política y vanguardia, su pensamiento recobra vigencia leído junto a Rosa Luxemburgo.

Se cumple un siglo de la creación de la revista Amauta en Perú, publicación emblemática que supo combinar el arte y la política en diálogo con las principales vanguardias de la época. Su artífice y director fue José Carlos Mariátegui, periodista e intelectual autodidacta considerado uno de los padres del marxismo latinoamericano. Hoy es posible revitalizar los aportes de este singular pensador a la luz de su confluencia con la obra de Rosa Luxemburgo.

Una “rara avis” del marxismo latinoamericano

Nacido en 1894 en el sur de Perú y fallecido tempranamente en 1930 -momento en el que tenía previsto viajar y radicarse en Buenos Aires-, José Carlos Mariátegui fue definido por Antonio Melis -crítico literario italiano y uno de los mayores especialistas europeos en su obra- como el “primer marxista de América”. Perteneciente “a la estirpe de las rara avis” según el intelectual argentino José Aricó, no faltaron quienes lo tildaron de excesivamente herético e irreverente: populista, soreliano, romántico, místico, fantasioso, estetizante y hasta inválido de papel satinado son algunos de los epítetos y descalificaciones que se lanzaron contra él tras su partida.

Su vida fue tan breve como intensa. Desde muy joven incursiona en el periodismo firmando sus notas con el seudónimo de Juan Croniqueur, hasta que a fines de 1919 se ve obligado a exiliarse en Europa, donde conoce las vanguardias artísticas e intelectuales, además de desposar “a una mujer y algunas ideas”. Italia es el país en el que permanece más tiempo, casi tres años. Allí conoce a quien será su compañera, Anna Chiappe, con quien tendrá cuatro hijos. Y presencia, desde el bienio rojo (dos años de extrema politización, signados por tomas de fábricas y autogestión obrera) y la fundación del Partido Comunista, hasta el crecimiento abrupto del fascismo, que desemboca en la marcha sobre Roma liderada por Mussolini, la cual simboliza su ascenso al poder en octubre de 1922. Esta prolongada estancia, que incluye ciudades como París y Berlín, implica un quiebre en su devenir militante, al punto que, años más tarde, reconocerá: “por los caminos de Europa descubrí el país de América en el que había vivido casi extraño y ausente”.

Portada de la revista Amauta, n.º 26 (Lima, 1929), de José Sabogal; a la derecha, Rosa Luxemburgo «amautizada» por Ignacio Andrés Pardo Vásquez.

El reencuentro con Perú y la edición de una revista sin fronteras

En marzo de 1923 retorna a Perú con una experiencia indeleble y una obsesión: publicar una revista que pudiese aunar estética, cultura y pensamiento crítico, aportando al estudio riguroso de la propia realidad. Se suma a las Universidades Populares impulsadas por el movimiento estudiantil, donde analiza la crisis mundial, y dirige Claridad, órgano de prensa desde el que estrecha lazos con las luchas obreras. A pesar de vivir a partir de 1924 en silla de ruedas debido a la amputación de una de sus piernas, esa condición no le impide dar impulso y coordinar las más diversas iniciativas político-culturales. Entre ellas, además de la creación del Partido Socialista Peruano y la Confederación General de los Trabajadores, sin duda la de mayor importancia es la revista Amauta.

Fundada en septiembre de 1926, en un comienzo iba a llevar por título Vanguardia. Sin embargo, quien sería el principal ilustrador de sus portadas e interiores, el pintor indigenista José Sabogal, sugiere nombrarla con la palabra quechua que, en tiempos del Tawantinsuyu -civilización incaica que abarcó buena parte de la región andina de la actual Sudamérica-, refería al maestro o sabio, conocedor de los misterios del cosmos.

Si bien como revista Amauta tuvo su principal público en Perú, fue leída y circuló en muchos territorios: de Buenos Aires a México, de París y Montevideo a Roma, Berlín y Madrid, de Santiago de Chile y La Paz a Nueva York y La Habana. Su periplo no reconocía fronteras geográficas ni disciplinarias, buscando anudar redes intelectuales y contraculturales en distintos puntos de la región e incluso en otros continentes. Con una tirada cercana a los cuatro mil ejemplares -cifra extraordinaria para cualquier revista cultural de aquella época-, en sus páginas se congregaron pintores, ensayistas, poetas, líderes estudiantiles, feministas, fotógrafos, dirigentes sindicales, indigenistas, educadoras populares, militantes de izquierda y muralistas.

El propio Mariátegui, junto a su hermano Julio César, trajo en barco -nada menos que desde Turín- una imprenta de casi cuatro toneladas, para acometer esta labor quijotesca que incluyó no solamente la salida de Amauta, sino además la apertura de una librería en Lima, una editorial llamada Minerva y la gestación de diversos periódicos (tales como el quincenario Labor), colecciones de libros (entre ellos sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana), así como la difusión de folletos y boletines, donde lo estético y lo poético, la pintura y la literatura, se hermanaban con la polémica política, las luchas populares y el diálogo fraterno con las diferentes vanguardias e innovaciones de la época: del surrealismo al psicoanálisis, pasando por la teoría de la relatividad, el futurismo y el arte andino.

Ilustración de José Carlos Mariátegui por Ignacio Andrés Pardo Vásquez

El marxismo como brújula

Es difícil encasillar o definir el tipo de marxismo al que adscribió Mariátegui. Quizás porque el suyo, tal como gustaba decir, no cabía pensarlo como un itinerario a transitar ni obedecía “nunca a un determinismo pasivo y rígido”, sino que constituía una potente brújula que permitía orientar la praxis revolucionaria, escamoteando una lectura dogmática de lo que el propio Marx evitó siempre concebir como un sistema cerrado y autosuficiente.

Por ello concibió el marxismo como una tradición que debía asumirse en términos críticos y creativos, en tanto constelación habitada por lo diverso, una filosofía de la praxis heterodoxa que tenía como horizonte la construcción de un socialismo indoamericano. En la realidad que habitó Mariátegui, donde las cuatro quintas partes de la población eran indígenas, resultaba imposible edificar un proyecto emancipatorio a espaldas de estas luchas comunitarias que aún no habían sido desarticuladas y resistían con dignidad el desarraigo y la explotación más extrema. Se trataba por tanto de “aclimatar” las ideas, conceptos e hipótesis formuladas por Marx desde esta singularidad y anomalía, nacionalizando sus categorías y actualizando sus interrogantes y dilemas.

Rosa Luxemburgo en los tejidos de Amauta

Entre la constelación de figuras y referencias a las que apela Mariátegui para esta tarea, se destaca sin duda Rosa Luxemburgo, a quien define como el “cerebro y brazo del proletariado alemán”. La militante polaca ostentaba una “doble capacidad para la acción y para el pensamiento, para la realización y para la teoría”, tal como expresa en una de las conferencias que brinda en julio de 1923, a propósito de la crisis mundial, en el marco de las Universidades Populares González Prada en Perú. No será esta la única vez que aluda a ella en sus escritos.

Al final de su vida, entre 1929 y 1930, en un contexto donde el “luxemburguismo” no gozaba en absoluto de legitimidad en las filas de la izquierda, Mariátegui escribe una serie de notas bajo el título Defensa del Marxismo, en donde se reivindica la praxis como columna vertebral de todo proyecto revolucionario, que según él implica la creación de hombres y mujeres radicalmente distintos a los que forja el capitalismo. Entre los nombres que destaca, nuevamente despunta uno: “¿Y en Rosa Luxemburgo, acaso no se unimisman, a toda hora, la combatiente y la artista? ¿Quién vive con más plenitud e intensidad de idea y creación? Vendrá un tiempo en que, a despecho de los engreídos catedráticos, que acaparan hoy la representación oficial de la cultura, la asombrosa mujer que escribió desde la prisión esas maravillosas cartas a Luisa Kautsky, despertará la misma devoción y encontrará el mismo reconocimiento que una Teresa de Ávila”.

Esta reivindicación de Luxemburgo lleva a Mariátegui a traducir y publicar en la revista Amauta, al cumplirse diez años de su asesinato, el texto “Navidad en el asilo de noche”, escrito por la propia Rosa, así como a difundir un extenso artículo de homenaje a ella, redactado por la poeta argentina y activista de izquierda Nydia Lamarque, bajo el título de “La vida heroica de Rosa Luxemburgo”, que sugestivamente incluye como ilustración el dibujo de una indígena “hiladora” de los Andes.

Las afinidades entre dos marxistas singulares

Son muchas las convergencias entre Mariátegui y Luxemburgo, que habilitan a pensar en una línea similar a la que propone la marxista alemana Frigga Haug cuando se refiere a la dupla “Luxemburgo-Gramsci”. ¿Cuáles serían esas afinidades?

En primer lugar, estamos ante figuras periféricas nacidas en territorios plurinacionales signados por el colonialismo interno. Estos autores comparten una biografía marcada por graves dolencias físicas y una discapacidad motriz; asimismo, su producción teórica se construye por fuera de la academia y en lucha contra las corrientes positivistas predominantes en su época. El suyo es un marxismo no esquemático ni economicista, crítico del etapismo y de la linealidad “evolutiva”. Su enfoque adopta la dialéctica revolucionaria y el punto de vista de la totalidad como principio epistemológico, al tiempo que propugna una unidad indisoluble entre teoría y acción. Esta perspectiva no solo involucra una interpretación global e histórica de los procesos sociales, sino también una intervención en la realidad misma desde la praxis colectiva, donde la lucha de clases y la voluntad activa de las masas resultan fundamentales para la construcción del porvenir.

Tanto Rosa como Mariátegui encarnan una crítica al eurocentrismo que imbuía, en aquel entonces, a la inmensa mayoría de las izquierdas (sobre todo a la socialdemocracia); asimismo, ejercen una denuncia permanente de las lógicas imperiales de despojo en la periferia del sur global. Para Luxemburgo, el supuesto “progreso” capitalista no era más que sinónimo de barbarie, un sistema que desencadenaba guerras de rapiña y convertía la “inseguridad de la existencia social” en una constante tanto en las colonias como en las metrópolis. Por su parte, el marxista peruano repudia el “respeto supersticioso por la idea de progreso” para insistir en la crisis de la civilización occidental y la continuidad del colonialismo en tiempos republicanos. No obstante, esto no equivale en ninguno de ellos a un rechazo absoluto de los legados valiosos de la modernidad. Al contrario, entendían dichos logros como un patrimonio universal de la humanidad que podía recrearse desde una racionalidad no reñida con las tradiciones indígenas y campesinas.

Asimismo, ambos valoran las formas comunitarias de vida social, no como una “rémora” del pasado que debía ser desterrada, sino en tanto potencialidad que -si bien habitada por contradicciones- podía servir de puntapié para la construcción material de un proyecto socialista que articulase memoria colectiva, historia subalterna e imaginación utópica. En los borradores de su Introducción a la Economía Política, Rosa alude al “país maravilloso de los incas peruanos”, al que define como un comunismo agrario donde “no existe el concepto de lo tuyo y lo mío”, cuestionando su menosprecio y rechazando el mote de “salvajes”. En la misma línea, Mariátegui insiste en que “nuestro socialismo no sería peruano, ni sería siquiera socialismo, si no se solidarizase primeramente con las reivindicaciones indígenas”, sugiriendo un camino propio en el que la tradición andina nutre un marxismo genuinamente latinoamericano. Este, lejos de violentar a los sujetos rurales oprimidos, habilita la revitalización de aquellos mitos que abogan por una radical “inversión del orden”, conjugándolos con el ideario de la revolución social.

Otra convergencia es la apuesta por formatos organizativos más democráticos y menos “vanguardistas”, con una confianza en la capacidad auto-emancipatoria de las masas, a contramano de todo “caudillismo” y concepción del cambio en clave jacobina o liderada por una minoría esclarecida. Mariátegui se define “extraño a todo género de complots” de carácter autoritario o elitista. El socialismo que pregonó debía forjarse desde abajo y ser refractario a cualquier expresión burocrática o domesticada. Toma de decisión colectiva, cooperación y vínculos de solidaridad -que el marxista peruano identifica en los “elementos de socialismo práctico” presentes aún en las comunidades indígenas de la sierra- prefiguraban “aquí y ahora” un poder alternativo al burgués. En consecuencia, el ayllu (célula básica de la organización comunitaria andina) en Mariátegui y los consejos obreros en Rosa constituyeron embriones de esa nueva institucionalidad superadora de la democracia liberal.

Por último, destaca su convicción de que la revolución no puede reducirse a la transformación radical de la estructura económica, aun cuando contemple la expropiación de la burguesía. Por el contrario, este proceso requiere una intervención consciente de las clases subalternas en el plano cultural y subjetivo, orientado a crear nuevos valores y prácticas colaborativas enraizadas en la vida cotidiana. En este sentido, Mariátegui llegó a afirmar que la revolución no era solo la conquista del pan, sino también “la conquista de la belleza, del arte, del pensamiento y de todas las complacencias del espíritu”. En plena sintonía, Luxemburgo escribió en una de sus cartas que “el socialismo no es, precisamente, un problema de cuchillo y tenedor, sino un movimiento de cultura, una gran y poderosa concepción del mundo”. Por ello, en su faceta de educadores populares, ambos destinaron sendos esfuerzos militantes a apuntalar ámbitos de autoformación, e impulsaron instancias de debate intelectual, deliberación democrática y disputa teórica desde una pedagogía revolucionaria e integral.

Ilustración de Rosa Luxemburgo por Ignacio Andrés Pardo Vásquez

Un destino común: de la herejía al redescubrimiento

Más allá de estos y otros puntos en común que les hermanan, el destino de Mariátegui y Luxemburgo también es similar: excomulgados por la Tercera Internacional y gran parte de los partidos comunistas al poco tiempo de fallecer, sus apellidos pasaron a ser sinónimo de error político y debilidad ideológica, deviniendo herejías que debían ser combatidas con igual esmero. Sin embargo, en las sucesivas oleadas de la lucha de clases, tanto en los años sesenta y setenta como a partir del ciclo de revueltas globales y latinoamericanas de las últimas décadas, hubo un “redescubrimiento” de sus textos e ideas desde un prisma anti-dogmático y novedoso.

Contra lo que Mariátegui llamaba el pesimismo de la realidad, será cuestión de volver a recuperar a ambas figuras al presente desde el optimismo de la imaginación, evitando el “calco y copia” y sin temor alguno a la desmesura. Al fin y al cabo, como supo afirmar Gramsci, “existen en la historia derrotas que más tarde aparecen como luminosas victorias, presuntos muertos que han hecho hablar de ellos ruidosamente, cadáveres de cuyas cenizas la vida ha resurgido más intensa y productora de valores”.

Hernán Ouviña es politólogo. Autor de Rosa Luxemburgo y la reinvención de la política y editor de José Carlos Mariátegui. Heterodoxia de la tradición. Coordina la Escuela de formación política Rosa Luxemburgo en el Cono Sur.

Rosa Luxemburgo en un grabado al estilo de la revista Amauta. Ilustración de Ignacio Andrés Pardo Vásquez

Fuente: https://www.rosalux.de/es/

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