La izquierda necesita la mayor lucidez

Spread the love

Por Daniel Campione

Nuestro país padece una crisis múltiple en medio de un mundo convulsionado. También experimenta a una dirigencia que ha olvidado toda finalidad de bien público y ni siquiera atina al sostenimiento de un discurso más o menos esperanzador. Frente a la falencia compartida de gobierno y oposiciones se dibuja una perspectiva radical.

Un gobierno “border”

El agudo Jorge Asís dictaminó hace un par de días que el gobierno de La Libertad Avanza (LLA) “está knock out”. Según su línea de reflexión, aunque consiguiera ser reelegido, “nacería muerto” con vistas al segundo período.

Los resultados económicos, deletéreos para la mayoría de la población, se extienden ahora sobre sectores del establishment que manifiestan su disconformidad por la vía de la suba del riesgo país o de la “desinversión”. Mientras otros ámbitos del capital apoyan sobre todo porque hacen grandes negocios con las privatizaciones o al abrigo de la supresión de controles. Sin que eso implique ya una adhesión integral al “modelo”.

Las completas salidas de tono del presidente se han vuelto continuas y de creciente grado de espectacularidad y potencial daño de imagen. El viaje a España en el que trató al jefe de gobierno provisto de legitimidad democrática de “dictador” al que había que “sacar a patadas” fue un ejemplo.

La negativa al reconocimiento del triunfo de Lula en Brasil y el activo apañamiento de la fuga de Flavio Bolsonaro otro. La escala de sobreactuaciones presidenciales de sentido reaccionario va incrementándose.

Algunas de ellas constituyen un virtual sabotaje a las relaciones internacionales del país, incluidas las vinculaciones comerciales más relevantes.

En paralelo la predisposición para enemistarse con el periodismo se ha manifestado ilimitada. El jefe de Estado no tiene filtro ni freno. A propósito de su indefendible sobreseimiento en el caso Libra, insultó a varios comunicadores de elevada repercusión pública. La referencia a quemarlos en la hoguera, con su mensaje de odio y muerte, colmó la paciencia de casi todos.

Hasta los comentaristas más adeptos a LLA tuvieron que salir a criticarlo por la cruel extravagancia de su comentario.

Javier Milei siempre ha aspirado a un liderazgo continental y hasta mundial de la extrema derecha. Sueña con la consecución, entre otros lauros, del de favorito de los mayores tecnomagnates. También al de mandatario predilecto de Donald Trump en América Latina. Y abanderado del sionismo más extremo en el plano global.

Un problema es que se le nota demasiado que espera a sus mandantes del norte para la toma de cualquier decisión. Para enseguida adoptar la línea que baja desde allí y, si cabe, exagerarla hasta límites entre peligrosos y ridículos. Eso no es un líder. Más bien se aproxima a una marioneta de quienes disfrutan del verdadero Poder, con mayúsculas.

Si se pasa de la proyección exterior al plano interno, la actualidad es muy pobre. El presidente y el ministro de Economía han agotado las posibilidades del triunfalismo y de las promesas grandilocuentes.

Los 18 mejores meses no arrancaron. La inflación nunca comenzó con 0 y más bien tiende a iniciarse en 2. El “riesgo país” aún torna prohibitiva la “salida al mercado de crédito privado”. No hay certeza sobre el pago de los saldos crecientes de la deuda externa. Solo el F.M.I banca, mientras mira los pozos de Vaca Muerta como el reaseguro que satisfará sus interminables acreencias.

El primer mandatario ha postergado las predicciones de un futuro próspero para 2028. Pide así a la ciudadanía que se resigne a no menos de otros dos años de “malaria”.

El elenco de gobierno también ha agotado sus muy escasas habilidades. Ahora queda de manifiesto que es una combinación mal articulada de politicastros poco avezados y “rosqueros” indistinguibles de los peores exponentes del supuesto “pasado a superar”. La casta no tiene miedo, el discurso contra ella ya no engaña a nadie.

Mientras tanto el peronismo…

Las huestes justicialistas han asumido como propio el triunfo de Lula. Hasta hubo amagos de formación de un “ejército digital” al estilo del que resultó gravitante para la hazaña electoral colectiva de la segunda vuelta brasileña. La traslación mecánica casi nunca es buena consejera.

Un dilema que deberían plantearse es si están dotados de la voluntad de lucha y la capacidad de iniciativa necesarias para dar la disputa en condiciones desfavorables, como se hizo en el gigante tropical.

El presidente brasileño electo por cuarta vez no enfrentó el balotaje en procura de hacer buena letra con los sectores más poderosos. Adoptó una actitud desafiante una vez que decidió no darse por vencido y dirigirse sobre todo al pueblo trabajador y pobre. Mediante el discurso y también con medidas concretas.

No temió enfrentarse a la conjunción de poderes oscuros con múltiples ramificaciones que apostaba a la victoria de Bolsonaro el delfín. La vieja entente de “biblia”, “bala” y “buey” no recibió ningún guiño de su parte.

Tardó nada en desencadenarse desde abajo la reacción entusiasta y movilizada, sobre todo de la juventud y de las mujeres. Así como el entramado intergeneracional que permitió ver a muchos nietos que acompañaban a votar por la alianza que encabeza el PT a sus abuelos.

Todos ellos pusieron su propia cuota de iniciativa y audacia. Y su expectativa esperanzada, aún frente a lo que parecía una evidencia incontrastable de derrota. El horror al dominio sin restricciones de una runfla de mafiosos que seguiría a un triunfo de Flavio fue otro factor desencadenante.

Al peronismo rasgos como esos vienen faltándole hace años. Lo que, pese a la reticencia de sus partidarios a reconocerlo, comenzó por la propia cabeza del movimiento. Cristina Fernández de Kirchner estuvo por dos veces en condiciones de ser postulante para un nuevo mandato presidencial. Y con buenas posibilidades de ser electa.

En ambas ocasiones decidió el no aprovechamiento de la oportunidad. Hubo motivos (o pretextos), discutibles todos ellos: Que los medios le iban a tirar con todo hasta hacerla perder. Que si pese a todo ganaba, la oposición de derecha no la dejaría gobernar. Que el aparato judicial operaría para inhabilitarla antes de que llegue al comicio.

Todas conjeturas que podrían o no haberse verificado. El hecho es que tanto en 2019 como en 2023 Cristina renunció tanto a los honores como a la lucha. No sometió la decisión al dictado de los millones de ciudadanos y ciudadanas que soñaban con votarla de nuevo. Sin siquiera darles una explicación circunstanciada basada en argumentos potentes y comprensibles.

Hasta se permitió la displicente transgresión de ungir a un candidato mediante un video emitido a la madrugada, sin consulta ni aviso previo, por lo menos no de carácter público. En el turno siguiente, hizo el amago de designación de un “progresista”. Para desdecirse en cuestión de horas. Nunca quedó claro si por presiones de correligionarios o porque dudó de la viabilidad de su propia propuesta.

En los dos convites electorales buscó a los candidatos de reemplazo hacia la derecha. Figuras que la habían criticado con férreo empeño desde posiciones más conservadoras que la propia. En la fuerza política que hace culto de la lealtad, dos “traidores” fueron regresados de pronto a la condición de “compañeros”, sin arte ni parte de los peronistas de a pie.

Rehuyó la apuesta factible a la radicalización de sus posiciones. Una que interpelara a sus seguidores más fervorosos. A quienes, agradecidos por avances en ingresos, calidad de vida y derechos lucían dispuestos a olvidarse de algunos agravios y agachadas.

Prefirió el esquive con moderación y lenidad de las garras de las grandes burocracias, de los aparatos que se creen dueños del país y con pleno derecho a esa propiedad. Los mismos que hoy colocaron al candidato de 2015 en el gabinete “libertariano”.

Cristina era entonces más joven. No había sufrido el desgaste del ominoso fracaso de su candidato de 2019. Sobre todo, gozaba entonces de su libertad ambulatoria y del cotidiano contacto con la dirigencia afín. También con el de las masas que se congregaban en su respaldo.

Cabe el interrogante de si esa actitud podría hoy modificarse, en ella y en la dirigencia y militancia que acató en silencio o con susurros los renuncios anteriores. Hoy está disponible un solo camino: El pasaje de la consigna de libertad a Cristina al pronunciamiento en voz más alta y con mayor continuidad del lema “Cristina presidente”. A despecho de la condena, la inhabilitación y la prisión domiciliaria.

Mejor, contra ellas. Lo que significa situarse de frente en puja contra la coalición económica, partidaria, cultural y mediática que apuesta a la perpetuación de la derecha en el poder.

La que ha vuelto hace años al cultivo del antiperonismo rampante a modo de conjuro. Invocación contra un al menos potencial oponente a que la ofensiva ultraconservadora en curso consume la reestructuración regresiva del país con la que sueñan despiertos desde hace varias décadas.

La condena de CFK ha sido un logro histórico para ellos. Un correlato en el plano simbólico de lo que ha representado la reforma laboral y los privilegios irrestrictos a las grandes inversiones a la hora de las efectividades conducentes en materia socioeconómica.

Es un cuadro reversible si se abandona la percepción de la correlación de fuerzas negativa como insusceptible de modificarse. Se necesita el forzamiento de la máquina. Con voluntad de confrontación. De dar debates muy ásperos, que enfrentarán zancadillas conceptuales y también violencias. Incluso las físicas. ¿Acaso por menos no intentaron matarla a CFK?

No son requisitos que se construyan en una mesa de negociaciones. Ni con una lapicera afilada a la hora de las incorporaciones y tachaduras. Requiere la apelación al espacio público. Las patas en el barro. Como quedó en evidencia en Brasil.

En el estado actual de las huestes peronistas tanto una nueva derrota electoral como un renovado fracaso en la gestión luego de un eventual triunfo podrían ser letales, o por lo menos de reversión muy dificultosa.

Sólo les queda la carta del coraje. La prudencia floja de convicciones del gobernador de “la provincia” no parece ser un sendero válido. Quizás pueda ser apta para un éxito electoral obtenido casi por inercia. Beneficiado sobre todo no de un trabajo propio eficaz sino del deterioro del adversario al que se combate.

Tal “victoria” constituiría entonces el preámbulo más que apropiado de un nuevo traspié. Enmarcado en una actitud timorata frente a los oponentes. Y en una “unidad” forzada y precaria atravesada por disputas internas feroces.

La opción “Cristina presidente” sólo tendrá productividad si no es utilizada como prólogo y posterior herramienta de alguna negociación claudicante. Una que culmine en pura apuesta electoral y en la candidatura pactada de un “moderado” cualquiera.

¿Y si ahora es por izquierda?

La izquierda, rodeada de un grado de conocimiento y aceptación inédito desde el retorno al sistema constitucional necesita en esta instancia de toda su lucidez.

La ocasión se le presenta favorable frente a la descomposición de las instituciones. Nos referimos a los “opositores” que votan o mandan a votar por los proyectos al servicio de la devastación mileísta. Los jueces que cambian sentencias favorables por nombramientos para sus familiares. Los “comunicadores” que sin escrúpulo alguno ensartan las peores falsedades mientras obturan la visión del saqueo.

A todos ellos los cubre hoy el rechazo popular. La izquierda conforma la única fuerza que no tiene nada que ver con ninguno de ellos. Puede sostenerlo y probarlo.

Esto ocurre en medio de padecimientos y agravios múltiples para la mayoría de la población. Capitalizarlos desde la impugnación raigal del orden existente puede requerir el abandono de viejos hábitos. Y de los prejuicios que de tan arraigados se vuelven inconscientes. Y por eso hacen más ardua su erradicación.

A veces hay antiguas discusiones que pueden resolverse al menos en parte por una articulación inteligente de las contraposiciones preexistentes. El debate acerca del instrumento político en forma de partido, frente o movimiento es susceptible de ser saldado Por ejemplo a través de la combinación de todos esos elementos de una manera creativa. Que redescubra las potencialidades de cada uno y las lleve a efecto.

Ante la degradación no sólo política y socioeconómica sino también ética e intelectual de quienes mal dirigen las instituciones argentinas buena parte de la ciudadanía espera de nuevo propuestas drásticas. Asiste hoy a que quienes venían a poner coto definitivo a “la casta” se han integrado a ella e incluso desarrollado nuevas ramificaciones.

Allí están los primos Menem, Diego Santilli. El clan Mahiques cerniéndose sobre el poder judicial e incluso la diplomacia. Santiago Caputo en la acumulación de poder y negocios sin ninguna asunción de responsabilidades. Su tío, que llenó la gestión de la política económica de ejecutivos de JP Morgan en lugar del nombramiento de economistas más o menos competentes.

Como en el evangelio, hoy el “templo” (Argentina) está lleno de mercaderes que suscitan creciente repulsa. Una parte en aumento de la sociedad espera a quienes estén dispuestos y capacitados para expulsarlos del recinto. La izquierda puede hacerlo. Podría esgrimir a modo de látigo (a latigazos los ahuyentó Jesús) las palabras que los poderosos más temen: “Revolución” y “socialismo”.

Nada menos. No es tiempo de buenos modales con quienes no los merecen ni de medios tonos de conversación con quienes nos agreden a gritos. Tampoco es época de gradualismos, posibilismos y cautelas excesivas.

Las fuerzas anticapitalistas se han tornado hoy visibles como nunca antes desde 1983. Les falta todavía la demostración de que tienen vocación de poder. Y de que poseen empuje, valentía y propuestas para sostenerla en alto y llevarla adelante.

No pueden, no deben, conformarse con menos. La era testimonial llega a su término. Arriba la de tomar parte activa en la dirección de la sociedad. Como porción de un gigantesco movimiento de masas. Cuya generación nunca podrá ser del todo espontánea ni por completo organizada. El porvenir está llegando.

Fuentes: Huella del Sur

Human Verification Required

Please complete this quick check to prove you're not a robot and continue.