Lucha de clases
Por Rocco Carbone
A partir de cualquier emergente significativo de la vida en común puede desarrollarse una lectura u organizar una explicación para tratar de entender lo que pasa en el tablado inestable y complejo de la política. Por ejemplo, el Presupuesto 2027. El 15 de septiembre el Ejecutivo presentó el Proyecto de Presupuesto ante el Congreso de la Nación. Un proyecto de esta índole representa menos una planilla de números, síntesis de algunas proyecciones económicas para el año que viene, que las prioridades políticas del gobierno que lo prepara. Algunos de los aspectos más controvertidos del Presupuesto tienen que ver con la inversión social, la discapacidad, el sistema de educación superior, la ciencia y la tecnología. Si miramos específicamente las partidas para actualizar el financiamiento de las universidades nacionales, vemos que el proyecto le asigna 7,3 billones. Es el número que el gobierno Milei le quiere destinar al sistema de educación superior. Las casas de Altos Estudios por su parte reclaman 11 billones para funcionar. Hay una diferencia de 4 billones entre lo que el gobierno quiere conceder al sistema universitario y lo que las universidades nacionales necesitan para desarrollar su trabajo educativo de cara a la sociedad. De esto desciende que la educación de la sociedad no es una cuestión política prioritaria para los libertarianos.
Ampliando el ángulo de mira, encontramos la paritaria del sector educativo. En las primeras semanas de septiembre, el gobierno nacional se reunió con los gremios que representan a docentes y no docentes de las universidades nacionales para avanzar en el asunto espinoso de las negociaciones salariales. No se llegó a ningún acuerdo. Eso que por inercia de la lengua seguimos llamando gobierno propuso un aumento del 3% para septiembre y ratificó otro 3% para octubre. Los sindicatos rechazaron este ofrecimiento raquítico porque no alcanza para recuperar la pérdida salarial acumulada. Las distintas organizaciones sindicales hablan de una recomposición pendiente de alrededor del 35%.
Podría pensarse que el conflicto entre el gobierno y las universidades nacionales es de tipo económico o salarial. Bien visto, se trata de un conflicto que puede inscribirse dentro de los sentidos que despierta el concepto de lucha de clases. Sin embargo, siempre existen grupos de poder -económicos, mediáticos, de presión, criminales, etc.- dispuestos a ofuscar, desmoralizar y confundir a la opinión y a los poderes populares que se les oponen. El concepto de lucha de clases es una de las ideas centrales de la emancipación izquierdista. Un hilo rojo que recorre toda la obra de Marx y Engels, si bien la idea no se encuentra sistematizada en un único texto. En el Manifiesto comunista encontramos una exposición sintética. Su fundamento filosófico está en La ideología alemana. Y así. En el Manifiesto hay una frase célebre que dice más o menos así: “la historia de toda sociedad hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”. En términos generales podemos decir que cuando hablamos de lucha de clases nos referimos al conflicto entre grupos sociales que tienen intereses contrapuestos. Esencialmente, es el conflicto en torno a quién controla los recursos y cómo se distribuye la riqueza. La clase propietaria buscas maximizar sus beneficios, lo cual implica empobrecer a la clase trabajadora. Lxs laburantes, en cambio, luchamos para mejorar nuestras condiciones salariales y laborales. Sin embargo, la finalidad última de la lucha de clases -expresión de un antagonismo moral y, en tanto tal, universal- no es mejorar los salarios o las condiciones laborales de la clase trabajadora sino la emancipación radical: la revolución. Esta enseñanza se deriva de la teoría ligada a la acción revolucionaria: Trotsky, Lenin, Balabánova o Zetkin.
Cuando se inclina a favor de la clase trabajadora la lucha de clases tiende a producir transformaciones sociales significativas. Las clases en lucha no implican necesariamente una confrontación violenta. Es una lucha que puede manifestarse a través de huelgas, conflictos sindicales, negociaciones salariales, disputas políticas. Una modalidad clásica es la huelga general, que implica la paralización completa y sostenida de todas las actividades productivas de un país (0800-CGT). Una huelga es una medida económica de lucha que interrumpe del flujo libidinal del capital y es relevante porque religa todas las luchas desperdigadas y sectorizadas. La clase trabajadora, con la huelga, mensura su potencia real y por ende sus posibilidades de cara a la profundización de la lucha.
El ataque feroz a las universidades nacionales responde a una lucha de clases de larga duración de parte del tecnofascismo. Una juventud de clase inculta es fácilmente secuestrada por el miedo, el resentimiento, la propaganda, el odio y los discursos que prometen “soluciones” sencillas e inmediatas para problemas complejos; es decir, políticos.
El sábado pasado se organizaron dos escenas importantes para el campo nacional y popular. La marcha de la Bronca y el plenario federal del Movimiento Derecho al Futuro. La marcha ubica un sentido distintivo en el seno de la clase trabajadora. La bronca no constituye solamente una respuesta afectiva ante el despojo, la humillación o la injusticia: es también una forma de conciencia de la opresión. Si la experiencia individual del agravio se logra reconocer como experiencia compartida, la bronca puede dejar de ser malestar y convertirse en fuerza política. Pero esa transformación no es automática: la bronca puede dispersarse, agotarse en la protesta inmediata o ser canalizada por salidas regresivas. El problema político consiste, entonces, en convertir esa energía -ese rechazo visceral ante lo intolerable- en organización, conciencia y capacidad de organizar un poder alternativo de imaginación y práctica popular.
En Plaza de Mayo el trotskismo cantó una canción que en su interioridad tiene un verso sintomático -más sintomático aún porque fue elidido; y lo elidido o reprimido suele interrogarnos con su retorno-: “bronca con dos dedos en V”. Ese signo político en la Argentina remite a una singularidad. Y la singularidad es lo irrepetible. Desde Villa Domínico, como un eco, se escuchó: “Tenemos que convocar a muchos argentinos, a sectores políticos y sociales que quizás nunca militaron con nosotros, pero que quieren una Argentina distinta a la que propone Milei”. ¿La politicidad del campo nacional y popular reclamará esa confluencia para interrumpir los flujos libidinales del capitalismo del siglo XXI?
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