Resistir es transformar la Vida
Por Mariano Amantea *
La lucha contra el capitalismo no se limita únicamente a lo que ocurre en fábricas o lugares de trabajo. Nuestros cuerpos están gobernados por diversas prácticas que refuerzan y reproducen desigualdades sociales. Un claro ejemplo de esto es el trabajo físico, particularmente el trabajo doméstico, en el que las mujeres, especialmente aquellas encargadas del cuidado del hogar, son las principales afectadas. La labor de cuidado y limpieza en los hogares es una de las formas más evidentes de explotación, marcada por la ausencia de reconocimiento económico y la falta de derechos laborales adecuados.
Jornadas interminables de pie, esfuerzo físico constante, dolores musculares y estrés crónico son solo algunas de las consecuencias que sufren quienes realizan estas tareas.
La maternidad, en tiempos contemporáneos, se ha transformado en una obligación social.
Sin embargo, este artículo no solo pretende entender la resistencia como un acto de oposición, sino también como un motor de cambio. Es importante señalar que no está en contra del amor que puede surgir a través de la maternidad, sino en contra de la imposición de esta como un destino inevitable.

El Disciplinamiento del Cuerpo
Este sometimiento al sistema no solo se logra a través de la negación de un salario justo, sino también mediante la construcción de cuerpos dóciles, funcionales y sujetos a una vida
ajena. Desde la normalización de los ideales de feminidad hasta la imposición de la maternidad como destino, se crea una falsa idea de que el amor solo puede expresarse de manera incondicional. Las técnicas y estrategias de poder que buscan moldear los cuerpos y las conductas no se imponen directamente, sino que operan a través del autocontrol, formando parte de un proceso que parece natural pero que en realidad es profundamente coercitivo.

El Juego como Modo de Reproducción
Aunque la tecnología ha transformado los modos de juego, prácticas como jugar a las muñecas o a la casita siguen siendo comunes, particularmente entre las niñas. Estos juegos no son inocentes; contienen un orden simbólico que reproduce ciertas subjetividades y roles. Son mecanismos de socialización que preparan a los futuros trabajadores para encajar en las estructuras económicas de la sociedad, reforzando roles y expectativas, entre
ellos, el de la maternidad como una obligación social y una tarea incondicional.
Proponer otros tipos de juegos, aquellos que promuevan actividades libres y voluntarias, es una forma de resistencia. Estas prácticas lúdicas deberían producir placer, pero también transformar los límites impuestos por la realidad cotidiana. Pensar en nuevas infancias, en una forma de socialización más libre y justa, es una tarea que debemos asumir, tanto desde la educación como desde la comunicación.

Conclusión
Resistir no solo implica un acto de oposición, sino la capacidad de transformar las estructuras que nos oprimen. La lucha por una sociedad más equitativa comienza en nuestros cuerpos, en nuestras prácticas cotidianas y en la forma en que educamos a las nuevas generaciones. Solo entonces podremos avanzar hacia una sociedad más justa, donde la maternidad y el trabajo de cuidado no sean cargas impuestas, sino elecciones libres y respetadas.
* Profesor de Educación Física
